¡Cuán simple acostumbra a ser nuestra manera de enfocar la realidad! ¡Cuánto ánimo por crear esquemas funcionales que, si bien son válidos en el mundo de las abstracciones, no encuentran correspondencia en el vivir cotidiano! Bondad y maldad, teoría y práctica, intervencionismo estatal y laissez fare; tales dicotomías se hallan presentes en innumerables discursos y cabezas; evidencian el gusto del hombre moderno por reducir un universo de complejidades a dos o tres categorías interrelacionadas. No es la vía de la resignación, tampoco la de la humildad y el auto-reconocimiento de las limitaciones; se trata de invertir el vínculo entre las personas y el conocimiento, es decir, si el hombre no puede adaptarse a la complejidad, hace que la complejidad se adapte a él.
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Es enorme la irritación que me causan las guías de vida, es decir, los programas que intentan ordenar la existencia de las personas desde concepciones estrechas, a base de rutinas, hasta su fallecimiento. ¿Qué hace el matrimonio y la familia en su concepción “clásica” sino delimitar durante décadas la dimensión afectiva y sexual de las personas? Decir “si” al matrimonio puede ser un error fatal, dada la extrema dificultad de predecir la futura consistencia del proyecto y el mantenimiento de la estabilidad y la intensidad de un amor. Los enamorados entran en un túnel. Ni ellos mismos, ni nadie, están al tanto de si hay luz al fondo o del posible riesgo de desprendimientos; y, sin embargo, avanzan hacia las profundidades. ¿No será que entran embaucados por imágenes de bodas relucientes, rostros invadidos por sonrisas, y todo un sinfín de productos culturales y mediáticos que hacen publicidad engañosa? Lo grave reside en que lo anunciado no es un objeto de usar tirar, sino un proyecto de vida total.
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El ser humano, exceptuando lo que tiene que ver con los instintos de supervivencia y la satisfacción fisiológica, es caos; actúa de incontables maneras dentro de unas circunstancias, las cuales puede incluso llegar a modificar; no tiene porque haber planes de futuro ni semejanzas con sus congéneres en cuanto al vivir cotidiano se refiere. Para garantizar sociedad tal caos debe ser moderado en función de objetivos, pero no nos excedamos; no queramos definir lo que es natural y lo que es anómalo, no neguemos la infinidad de posibilidades que nos ha sido concedida, pues ésta es enriquecedora y hermosa, tanto que la idealizo cuando a mí alrededor contemplo una homogeneidad entre semejantes que causa horror: todos ambicionando la posesión material, todos tan soberbios respecto a lo que creen saber, todos dedicando media vida a labores y hogares “porque no queda otra”, todos queriendo rellenar ese vacío con lo que desde altavoces y pantallas se presenta como extravagante y distinto (en el peor sentido de la palabra); y todos, por supuesto, orgullosos de pisar baldosas monocolores y cruzar pasillos que, de tan angostos, deberían causar sofoco.
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